El día que murió Iván Fandiño

El día que murió Iván Fandiño, torero vasco, corneado por un toro de nombre "Provechito" en la plaza francesa de Aire sur l'Adour, ese día Federico García Lorca hubiera vuelto a llorar la muerte de un torero. Iván Fandiño murió el pasado sábado, día 17, a la edad de 36 años. Su nombre ingresa en el mantra, en la letanía de toreros que dieron su vida por desarrollar su arte, la tauromaquia. .
Página en Facebook El Grupo @MadridGratis
_/\_ blog invitado_/\_
@TauroLogica
@EstoEsElPueblo

La elegía por Iván Fandiño tronará en el "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías" que Federico García Lorca dedicó al escritor y torero, y miembro de la generación del 27, Sánchez Mejías, corneado y muerto por un toro a la edad de 43 años. Primero porque la elegía lorquiana es sublime, un símbolo de su capacidad creadora, de su inspiración en la tauromaquia y de su transmisión con el aficionado, su conexión con quienes creen, y quienes respetan el arte de la lidiar toros de combate.

Las cosas han cambiado mucho recientemente. Y las mismas voces que se oirían en el paredón procedentes de las chusmas que fusilaron a Federico García Lorca, esas mismas voces de odio, ásperas, inhumanas, insultan a los Sánchez Mejías de hoy con insultos que, decía antes, hacían eco a los disparos contra el poeta homosexual asesinado durante la Guerra Civil. Mismas voces de odio. Esto es otra cosa, esto, el toreo, tiene su eco en la eternidad.

Cuando a Iván Fandiño le sonaron las cinco de la tarde cuando el maestro vasco traspasaba la puerta del misterio al punto le esperaba la gloria, un trozo de eternidad hecho llegar por los aficionados, de corazón a corazón, de todas épocas, en nuestros días por medios electrónicos. Cuando agonizaba El Pana durante treinta días de mayo de 2016, sonaban a diario oraciones y elegías en redes sociales para acompañarle en la brega, para devolverle a la vida; para devolverle la luz, darle fuerza.

La tecnología nos permite recordar a Víctor Barrio joven torero segoviano muerto en la plaza a la temprana edad de 29 años; o a Roberto Rodríguez, El Pana muerto a consecuencia de una herida sufrida en la plaza de toros, a los 64 años, Mëxico. Y también la de un casi anónimo recortador, Juan Carlos Otero "Gallo" cuya vida se llevó el cuerno de un toro en La Parrilla, Valladolid. Esta tecnología nos permite volver a vivir las faenas de José Gómez, el rey de los toreros; volver a ser versos del poeta:

y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.


La tecnología nos permite recordar también al enano torero Niu Yor muerto también en la plaza en 2016, Colombia. Y Renatto Mota novillero, 20 años, Perú.

La tecnología permite a miles, centenares de miles de aficionados de todo el mundo dedicar preciosos segundos para mirar al cielo y rememorar el recuerdo de aquellos héroes que bajaron a la arena conscientes de que esa tarde, precisamente esa tarde, se juegan la vida -y así cada tarde-; conscientes de que esa tarde, esa misma tarde, -y cada tarde- se juegan por vergüenza torera su prestigio, su currículum.

Donde "un niño trajo la blanca sábana" de Lorca, un aficionado abre un hilo en un foro o en una red social para tejer una blanca sábana, para llenar de tuits y de flores el recuerdo imborrable del torero que ya no está.

Aquí, sobre esos granos de la arena sobre los que el torero realizará su danza de la tauromaquia, esas arenas son los tuits o frases que dedicamos al recuerdo a los héroes caídos, y los segundos que dedicamos a su lectura conmovidos. Nuestras vidas son los tuis que van a parar a la arena, en tributo de gloria, al héroe que pidió capa y espada para matar al toro y alimentar a la tribu. O para nuestro entretenimiento en una tarde de fiesta.

Porque cada día del calendario está jalonado, como los santos de la iglesia católica, por los nombres de hombres y mujeres que también arriesgaron su propia sangre, y dejaron su propia vida por expresar sentimientos sublimes, sentimientos de arte en un rito ancestral, que nos traslada a una época antes de que hubiera jefes o dioses.

"Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas / levantando sus tiernos brazos acribillados..." Y todos hemos visto y oído a los aficionados preguntarse si acudir a la plaza era una manifestación artística, una expresión de sentimientos u otra cosa; algunos rehuyen por meses, o años. Pero todos vuelven. Volvemos. Porque otro hombre o mujer vestido de luces hará revivir el rito milenario, el único que aún nos une con nuestro pasado prehistórico; anterior a las danzas de apareamiento; porque antes de la danza, quizá, nació el arte de la caza, de sacrificar animales, de matar toros.

"No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. /Yo canto para luego tu perfil y tu gracia." Y ese mismo día que Iván Fandiño fue muerto por un toro, y al día siguiente, y al de después, en todas las plazas del mundo seguía el rito. La tauromaquia. Hombres y mujeres serios o sonrientes ocupaban sus asientos y guardaban silencio. Habiendo encendido un pantalla y elevado un tuit al cielo, como quien en la iglesia enciende una velita, o derrama incienso.

"Un hombre se jugará la vida para su entretenimiento de ustedes" anunciaba así un torilero, y al rasgar su aire el clarín, escribimos con respeto conscientes de que hay un santoral del toreo; y un hombre vestido de luces frente a un toro de combate, aplicará las reglas del arte para emoción intensa del respetable, de aquel joven, del vecino, de usted también. @EstoEsElPueblo